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viernes, 29 de noviembre de 2013

★una palabra me ahoga / Feria del Libro



una palabra me ahoga
me refrigera / me embosca / me atufa

una palabra me sospecha
me desarma / me filtra
me encarece los lapiceros y los cuadernos vacíos

una palabra / múltiple /extraordinaria / voz

una palabra me peca
y me atropella después las penitencias
me arde los vientos
me termina

una palabra me ahoga
me aviva las dicciones atravesadas

a veces me sostiene y a veces me suelta
a veces me guarda

y a veces me oculta.























sábado, 9 de noviembre de 2013

★exilio en tres re (Parte final)




(Fragmento de la obra seleccionada por el Colectivo Literario Puertorriqueño Ó)



III – rescate

Decía un sueño mío que Ella llegaba siempre en el primer tren.
Se me colgaba del cuello después de entregar el ticket al inspector vial, y caminaba con ese argot seductor de inocencia vanidosa hasta la proa, no tanto para evitar el trasbordo, sino para quedarse mirando un momento la ciudad desde arriba.

Se sacaba su disfraz de pastora Marcela, me perdonaba con un beso este escribir atrevido y despechado, y me hacía pasajera Vip de su versión de los hechos, aleccionándome gratis sobre cómo aprestar los recuerdos para que duelan menos, y cómo hacer que las lágrimas duren más en el destierro.


Nunca nos llamábamos a los gritos porque, para cuando esa había abandonado escéptica la retaguardia de mi escenario nominal, ella había dejado de andar por el andén con el anda a cuestas, y nuestros nombres se volvían más cortos y más viscosos. 

En ese sueño, a mí me gustaba cortar los jueves por la mitad, y pedirle luego al chofer que subiera el aire al máximo, para disimular el frío que me causaba su noviazgo acartonado con el chico de buen pasar, ese que la esperaba en la otra cuadra, ese que la ayudaba a ser más acorde a la regla, ese que la besaba histriónico a la vista de todos en la placita de la esquina.

Casi siempre después del saludo fingido- en la fila para entrar a alguna embajada- se me daba por inventar libertades.

Eso fue cuando empezaba a pensarla de este lado.

Eso fue cuando empezaba a imaginarme arrancando la puerta a patadas, tirando desesperada de la manija oxidada y sin brillo, desparramando por el piso las botas de cuero que nunca se puso para ir a bailar, y liberándola -cual caballero manchego insano- del vaho a naftalina gastada que suelen vomitar los armarios empotrados, para cargarla heroica en los brazos que otrora rechazara, escaparnos lentas por el agujero de la cerradura, y, a mitad de camino, vestirla de nosotras, deshacer el hechizo, y llevarla de viaje hasta el deseo hervido de nuestros sexos no opuestos.